miércoles, 25 de noviembre de 2015

CUENTO EN BUSCA DE UN NUEVO HOGAR
En el año de 1960 en un poblado vivía un señor llamado Severiano Hernández, él  tenía una familia a la que debía mantener día con día. Viéndose en las circunstancias de que en donde vivía no había muchas oportunidades de trabajo, decidió irse a los afueras con la esperanza de que en alguna localidad, o bien hasta en una ciudad, pudiera encontrar un empleo.
Casi listo para irse, recordó la infancia que había tenido a lado de su padre y que aunque eran personas de escasos recursos su felicidad valía más que la riqueza, igualmente recordó la atención que le ponía a su padre  cuando hacía ayates, pues podía apreciar la dedicación que le ponía, así que su padre le enseño a hacer ayates y dejárselo como un legado o costumbre.
Al salir de su casa se despidió de su familia, tristemente se fue teniendo en mente que cuando regresara iba a darle una mejor vida a su familia. Pasaron los días y en cada localidad en la que se establecía no encontraba trabajo. Decidió irse a la ciudad pues sabía que eran más las posibilidades de conseguir trabajo, aunque tardaría en ver a su familia. Pasó mucho tiempo y encontró un empleo, pero pensaba y sabía que el esfuerzo y el sacrificio de no poder ver su familia no valía la pena, ya que el saldo que le pagaban era poco, decidió regresar a casa con su familia; empacó sus cosas y tomo el primer camión rumbo a su poblado, pero no se percató de que se subió a un camión que lo llevaba a otra dirección, optó por bajarse en la siguiente parada. Pese a que estaba algo cansado fue a explorar el lugar; aunque era un día muy caluroso el día estaba algo fresco. Haciendo un pequeño descanso, contempló el lugar en el que estaba, observó que el sitio era muy tranquilo, rodeado de naturaleza; visualizándolo se dio cuenta de que era perfecto para ser  habitado, además de ello ahí había suficiente material para producir ayates y seguir con la tradición y herencia que su padre en algún tiempo le había dejado, al igual que también lo haría en su memoria.
Casi atardeciendo se fue a la parada de autobuses. Al llegar a su casa, su hija lo recibió con un abrazo, él le respondió, después de ver a su hija y esposa decidió hablar con ellas; les contó cuál fue la razón por la que decidió regresar con ellas y que encontró el lugar perfecto que podían habitar, aunque probablemente en un principio podían sufrir económicamente, pero que él le iba a echar muchas ganas para salir adelante, pues su padre le había enseñado a hacer ayates, además en ese sitio había suficiente material para producirlo. Él sabía que haciendo ayates no sería demasiado como para sustentar a su familia, planeó crear milpas para cosecharlas y así vender maíz. Su familia  al escucharlo con el entusiasmo que lo decía aceptó apoyarlo en su decisión e irse al lugar que les había contado. Llegando al lugar don Severiano construyó una pequeña casa elaborada de tepetate y piedra.

Pasaron los años y todo lo que había planeado a su manera le salió bien tanto que las personas pasaban por ahí observaban esa casa rodeada de milpas y se dieron cuenta que podía ser un buen sitio para vivir. Don Severiano los recibía muy bien y como fue el primero en habitar el lugar los habitantes decidieron darle el honor de que él le pusiera el nombre y fue así como el barrio se llamó “LA PERA”.

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