CUENTO EN BUSCA DE UN NUEVO HOGAR
En el año de
1960 en un poblado vivía un señor llamado Severiano Hernández, él tenía una familia a la que debía mantener día
con día. Viéndose en las circunstancias de que en donde vivía no había muchas
oportunidades de trabajo, decidió irse a los afueras con la esperanza de que en
alguna localidad, o bien hasta en una ciudad, pudiera encontrar un empleo.
Casi listo para
irse, recordó la infancia que había tenido a lado de su padre y que aunque eran
personas de escasos recursos su felicidad valía más que la riqueza, igualmente
recordó la atención que le ponía a su padre cuando hacía ayates, pues
podía apreciar la dedicación que le ponía, así que su padre le enseño a hacer
ayates y dejárselo como un legado o costumbre.
Al salir de su
casa se despidió de su familia, tristemente se fue teniendo en mente que cuando
regresara iba a darle una mejor vida a su familia. Pasaron los días y en cada
localidad en la que se establecía no encontraba trabajo. Decidió irse a la
ciudad pues sabía que eran más las posibilidades de conseguir trabajo, aunque
tardaría en ver a su familia. Pasó mucho tiempo y encontró un empleo, pero
pensaba y sabía que el esfuerzo y el sacrificio de no poder ver su familia no
valía la pena, ya que el saldo que le pagaban era poco, decidió regresar a casa
con su familia; empacó sus cosas y tomo el primer camión rumbo a su poblado,
pero no se percató de que se subió a un camión que lo llevaba a otra dirección,
optó por bajarse en la siguiente parada. Pese a que estaba algo cansado fue a
explorar el lugar; aunque era un día muy caluroso el día estaba algo fresco.
Haciendo un pequeño descanso, contempló el lugar en el que estaba, observó que
el sitio era muy tranquilo, rodeado de naturaleza; visualizándolo se dio cuenta
de que era perfecto para ser habitado, además de ello ahí había
suficiente material para producir ayates y seguir con la tradición y herencia
que su padre en algún tiempo le había dejado, al igual que también lo haría en
su memoria.
Casi
atardeciendo se fue a la parada de autobuses. Al llegar a su casa, su hija lo
recibió con un abrazo, él le respondió, después de ver a su hija y esposa
decidió hablar con ellas; les contó cuál fue la razón por la que decidió
regresar con ellas y que encontró el lugar perfecto que podían habitar, aunque
probablemente en un principio podían sufrir económicamente, pero que él le iba
a echar muchas ganas para salir adelante, pues su padre le había enseñado a
hacer ayates, además en ese sitio había suficiente material para producirlo. Él
sabía que haciendo ayates no sería demasiado como para sustentar a su familia, planeó
crear milpas para cosecharlas y así vender maíz. Su familia al escucharlo
con el entusiasmo que lo decía aceptó apoyarlo en su decisión e irse al lugar
que les había contado. Llegando al lugar don Severiano construyó una pequeña
casa elaborada de tepetate y piedra.
Pasaron los
años y todo lo que había planeado a su manera le salió bien tanto que las
personas pasaban por ahí observaban esa casa rodeada de milpas y se dieron
cuenta que podía ser un buen sitio para vivir. Don Severiano los recibía muy bien
y como fue el primero en habitar el lugar los habitantes decidieron darle el
honor de que él le pusiera el nombre y fue así como el barrio se llamó “LA
PERA”.
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